Cuántas veces te has encontrado en una conversación, donde tú no has dicho lo que el otro ha interpretado, y tú has entendido algo que el otro no dijo. ¿Por qué pasa eso? ¿Cómo puedo evitarlo? ¿De qué modo afecta todo esto a, por ejemplo, el análisis de una conversación con usuarios en un proceso de innovación? Si te interesa esto, te recomiendo que leas este post con calma. Es denso y complejo. Requiere que apagues la tele. 

Voy a intentar explicarte qué pasa en una conversación de manera analítica, y por qué suceden los malentedidos. Y para ello, debo empezar hablando de la rama que más me ha interesado estudiar dentro de la lingüística: la pragmática. La RAE define pragmática como “disciplina que estudia el lenguaje en su relación con los usuarios y las circunstancias de la comunicación.” Es decir, es aquella rama que estudia el significado de las palabras en su contexto y abarca todos los fenómenos psicológicos, biológicos y sociológicos que tienen lugar en la interpretación de los signos. Cuando estamos con usuarios y analizamos lo que dice, la pragmática nos ayuda a dar “contexto” cultural, social, y biológico a la información. 

Para que la pragmática exista en el entendimiento de una conversación, deben existir las presuposiciones; un fenómeno mental que se encuentra (a priori) fuera de la comprensión del significado de un palabra o de una frase, pero que condicionan por completo su sentido. Las presuposiciones tienen que ver con las creencias instaladas en el individuo que sesgan su interpretación del mundo. Imagina que alguien me dice “vete a freír espárragos” Yo, Alicia, puedo apreciar el significado de la palabra espárrago como propio, independiente del sintagma gramatical al que pertenece. Es decir, sé lo que es un espárrago; tiene entidad propia como signo. Sin embargo, en la frase “vete a freír espárragos”, el significado de la palabra espárrago se completa por lo que interpreto acerca de lo que la persona me quiere decir. Presupongo que la persona está molesta conmigo, y por tanto, interpreto que lo que quiere decir  es que me mueva a un lugar donde no tengamos contacto visual, como mínimo. Quiere perderme de vista. Está enfadado conmigo. Algo he hecho mal.

Las presuposiciones darían para muchas entradas en este blog, ya que son tan importantes en el entendimiento humano que sin ellas no existirían los malentendidos. Cada vez que entablamos una conversación, somos un bazoca lanzado inconscientemente miles de millones de presuposiciones. Pero no son las únicas que afectan a una conversación. Entender correctamente lo que alguien dice, supone decodificar el significado (con el filtro de las presuposiciones) y además, incluir en el proceso de entendimiento un fenómeno llamado inferencia. Joder sí, la cosa se complica.

Inteligencia emocional aplicada: no ser literales

La inferencia (partiendo de la descripción hecha por Aristóteles en su Lógica) representa el proceso mental inconsciente por el que se relaciona lo dicho con el contexto en el que se dice. Gracias a la inferencia, sé que irme a freír espárragos no supone irme a un lugar geográfico. Con esta premisa, la forma gramatical elegida por el emisor para narrar un hecho determina la representación mental de quien escucha. Por ejemplo, podemos decir “aún no ha terminado el partido” o decir “el partido está terminando” ¿Pueden estas expresiones dar lugar a distintas significados, a pesar de que se refiere al mismo hecho? Sí, sí pueden. Vuelve a leer ambas expresiones y fíjate en el pensamiento inmediato que ha acudido a tu mente. Lo más probable es que no sea el mismo y que “aún no ha terminado el partido” haya dado lugar a una espera de la situación presente, y “el partido está terminando”te dé lugar a pensar en una acción futura inmediata. Esta distorsión a la hora de añadir contexto al significado puede provocar más ruido del esperado en una conversación.

Nuestra mente inconsciente condiciona aquella estructura gramatical que mejor refleja, bajo nuestras presuposiciones y sistema inferencial, lo que queremos decir y que no tiene por qué concordar con lo que otro interpreta. Por eso, cuando decimos algo pocas veces somos literales. Solemos buscar en nuestro interlocutor la interpretación oportuna a nuestras palabras. Buscamos una sincronización entre la inferencia emitida y la inferencia del receptor. La mala noticia es que casi nunca lo conseguimos. Y no porque no sepamos hablar o el otro no sepa entendernos. Es porque al conversar, no destinamos tiempo a tener el mismo punto de partida inferencial, o metafóricamente hablando, a buscar la misma emisora de radio. A esa sincronización le denomino unificar el estado mental y tiene como objetivo establecer de antemano cuál va a ser el contexto interpretativo sobre el que vamos a dialogar.  Por ejemplo, parte de mi trabajo de consultoría en la dinamización de sesiones con cliente consiste en unificar el estado mental de los participantes, para que sus inferencias tengan el mismo sesgo, y por tanto, la conversación sea más efectiva y productiva

¿Dé donde viene nuestros sesgos?

A la hora de expresarnos, nuestras metáforas más usuales se basan según Lakoff y Johnson en nuestra experiencia primera con la realidad material. Eso nos lleva a ocupar un territorio de significado sobre el concepto que transmitimos que es único para cada individuo. Al emitir una opinión, una parte de nosotros se adhiere a ese razonamiento, a esa manera de decirle a alguien que el partido está a punto de terminar y que por tanto, la otra persona debería ir al aseo antes de que se forme una larga cola. No solo le estamos diciendo que el partido se va a terminar, también estamos indicando (en nuestra mente) lo que debería suceder inmediatamente después. Ese sentido de propiedad (nuestro territorio de significado) se puede ver agredido cuando el receptor interpreta que, dado que el partido aún no ha terminado, le da tiempo a pedir una última cerveza. Desde su estado mental, podría ser adecuado añadir a esa información una intención de aprovechar que aún hay tiempo de un último trago. Y desde esa perspectiva, nuestro inconsciente interpreta la llamada al camarero como un ataque a la propiedad del significado. Entonces es cuando miramos al otro con incredulidad y un diálogo interior se activa al ritmo de “¿Qué estás haciendo? Te he dicho que el partido está terminando… ¿Por qué llamas al camarero? ¿No entiendes lo que te he dicho?”. Este sentimiento de ataque es la fuente primordial de la falta de entendimiento.

Y esta es, señoras y señores, la base analítica del término “discusión”.

Hay dos buenas noticias en todos esto; la primera es que podemos generar un estado mental común de antemano que nos haga interpretar lo mismo. Y a la hora de hacer investigación en innovación, este estado mental nos aporta un arma valiosísima para mejorar la interpretación y los descubrimientos que obtenemos.

La segunda buena noticia es que de la pragmática se desprende el sentido de la elección: podemos elegir el sentido de un mensaje que más le conviene al contexto en el que se produce. Aunque también podemos elegir el que más se adecue a nuestros intereses con independencia del contexto, pero esto ya sería obra de la psicología..

Ahora bien, en el momento en el que acuerdo conmigo mismo el alcance de mis palabras, establezco un pacto donde soy consciente de lo que quiero decir, pero adapto mi expresión para que quien escucha no sienta indiferencia, culpa, pena, dolor, sorpresa o cualquier reacción emocional no acorde con lo que quiero que suceda. Y es aquí donde entramos en un bucle tal que:

Lo que quiero decir + lo que anticipo que sucederá si lo digo = Lo que creo que debo decir para decir lo que quiero.

En resumen, la vida es aquello que pasa mientras intentas decir lo que dices.

 

 

Un comentario en “Yo no dije eso, tú dijiste aquello. Los malentendidos de la conversación.

  1. Buen artículo. Totalmente de acuerdo en que la base de una conversación efectiva se logra con una escucha empática para ponerte en sintonía con tu interlocutor y entender por qué paradigmas mentales se mueve. Se suele decir que hay que respetar la regla del 80-20 (escuchar un 80, hablar un 20). Yo actualmente estoy poniendo en práctica intervenir, al inicio de una conversación, haciendo preguntas (y realmente enriquece mucho las conversaciones y tu interlocutor se suele abrir más).

    El problema de todo esto es que la gente, muchas veces, no tiene suficiente paciencia para escuchar primero lo que los otros tienen que decir y suele entrar una prisa psicológica por dejar las opiniones propias encima de la mesa, muchas veces por puro ego.

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