Cuenta y argumenta Nuccio Ordine en su Manifiesto La utilidad de lo inútil, que hay cosas como el arte, que nacen para nacer. Ser por y para ser. Disfrutar como decía Keynes las lilas del campo, que no trabajan ni hilan.

En este espacio de saberes y placeres lo útil es indefinido, y los para qués se borran en la orilla llevados por la marea del placer contemplativo. Hay una naturaleza inconsciente en la contemplación. Hay un para qué, sí, pero no es necesario saberlo.

El para qué es hijo de un invento aún mayor: creer que las cosas tienen utilidad; una justificación que tiende a infinito y que nos calma el ansia existencial. Somos para algo. Estamos para algo. Hacemos para algo. Pero lo que nos hace sentir vivos concuerda con lo bueno, no con lo útil.

Sin embargo lo inútil es ansiedad. Esta cosa aprehendida del sistema nos obliga a que todo o casi todo sepa ser respondido. Todo lo válido es valido, es contado, chequeado; pertenece a una lista, a un esquema. Es apto y demostrable.

Nos ha en lugar de es.

Una balanza imaginaria pesa nuestra inutilidad vital y nos avisa: cuidado, demasiado tiempo en lo no monetario. Demasiado espacio vacío. Demasiado silencio.

Nadie nos enseña a lidiar con la angustia de la no respuesta, del lo quiero porque lo quiero. Nadie nos indica cómo defendernos de la manada del y tú realmente a qué te dedicas. Diseñas espacios del saber donde no puedes justificar su utilidad y eso, en la dictadura de lo pragmático, te hace impopular. Porque esa inutilidad suele ser un ejercicio en soledad y de recogimiento. Quien inutiliza su actividad suele estar fuera, en el pliegue. Apenas tiene conversación porque sus argumentos están en ese dobladillo que la mayoría se ha encargado de coser y planchar.

El placer del conocimiento por el conocimiento es, en suma, el pliegue de la forma. Y hay que aprender a crear espacios para el pliegue.

Quitarnos la ansiedad y no conectar lo que no puede ser conectado. Dejar que las cosas que no sirven vivan al margen de este sistema llamado mundo que se rige por unas reglas del juego donde el saber ocupa lugar.

Dejemos de inventar razones para lo que necesita ser razonado.

*Nota: Esta frase no es mía, sino de Vinzenco Padula en una mala traducción del italiano cuya frase original es: “chi à è, e chi non à non é”

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